LA VIOLENCIA, UNA VISIÓN TRANSDISCIPLINARIA
Autor: José de J. Gutiérrez Archundia
*Lic. en Derecho y Mtro. en Derecho Administrativo y Fiscal
© 2025 José de Jesús Gutiérrez Archundia. Reservados todos los derechos.
Introducción.
La
violencia es un problema social que tiene su origen en las épocas más remotas
de la humanidad y ha estado presente de forma constante a lo largo de la
historia de ésta como una forma de dominación de los fuertes sobre los débiles,
al ocurrir en el contexto de la interacción y la convivencia de los individuos
y grupos humanos es, por lo tanto, un fenómeno social que trae consigo diversos
y graves problemas que afectan el adecuado desenvolvimiento de la convivencia,
la satisfacción de las necesidades, deseos y aspiraciones legítimas, así como,
el libre y pleno desarrollo de toda persona y grupo.
Definición
de violencia.
La Organización
Mundial de la Salud (OMS), al definir la violencia señala que es[1]:
El
uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o
efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o
tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos,
trastornos del desarrollo o privaciones.
Enfoque
transdisciplinar.
En la publicación
en comento, se hace ver que para este tema es
importante recurrir a la transdisciplina y la jerarquía de las normas; esto
debido al carácter multicausal o multifactorial del problema de la violencia.
Sobre
la transdisciplinariedad, Basarab Nicolescu[2], señala que se refiere a
lo que está entre las disciplinas, a través de cada una de ellas y más allá de
todas ellas. Tiene como finalidad la comprensión del mundo a partir de la
necesidad de la unidad del conocimiento.
En
otra de las publicaciones, de la OMS[3], se señala que:
La
violencia es un fenómeno complejo, multicausal y en el que intervienen factores
individuales, socioeconómicos, culturales y ambientales, como es el caso de los
desastres naturales, tecnológicos y sanitarios, que provocan una repercusión
negativa en el ser humano por las grandes secuelas que deja, tanto para el
desarrollo de su personalidad como para la sociedad en general.
Lo más importante de
tal enfoque o método radica en el carácter holístico y no sólo parcial de la
solución al problema, a pesar de que, en el caso de la violencia lo más a lo
que puede aspirarse es a lograr la disminución de sus índices a rangos, si se
puede decir, razonables en cuanto que permitieran el libre
desenvolvimiento de la vida de la población sin tener que enfrentar, y con una cada vez más inusitada
frecuencia, tanto las conductas violentas de la más diversa índole, como sus
consecuentes efectos negativos.
Por otro lado, en un enfoque disciplinar en busca de abatir los índices de violencia, la psicología, por ejemplo, buscaría obtener una respuesta adecuada a lo que le interesa, la sociología otra, en función de lo que busque responder, la economía, una más, etc., lo cual si bien no es inútil, sí trae como resultado, diversas soluciones aisladas y parciales, disciplinarias, más no, una solución integral como es deseable.
En una metodología multidisciplinaria o interdisciplinaria, el trabajo de las disciplinas igualmente arrojaría un resultado fragmentado en función de la visión de cada una de las disciplinas involucradas por lo que el resultado en cuanto a posibles soluciones del fenómeno también carecería de integralidad.
Por ello es necesario recurrir al método transdisciplinar, colaborativo.
Este enfoque implica que, sin dejar de lado la importancia de cada disciplina
“aislada”, y los resultados a que pueda llegarse por las mismas, aborden el
problema como “un todo” y no sólo por partes.
Como
ha sido apuntado, la violencia puede ocurrir e impactar en diversos ámbitos
como: el físico, el psicológico, el moral, el cultural el económico, entre otros.
Estos pueden desdoblarse en formas o manifestaciones específicas o efectos como:
lesiones, homicidio, agresiones sexuales, privación de alimentos, privación de
la libertad, amenazas, etc.
Cuando
nos referimos a motivos o circunstancias de carácter interno o particulares, se
debe entender que, implícitamente, se alude a factores tales como: las
características psicológicas, la moralidad, el nivel educativo y cultural, el
empleo; la posibilidad o imposibilidad y la mayor o menor facilidad o
dificultad, en cada caso, de satisfacer, al menos las necesidades básicas
individuales y/o familiares, como la alimentación, la salud, la educación, la
vivienda, el acceso a servicios públicos como el agua, el drenaje, la
electricidad, la recreación, entre otras.
Las
circunstancias externas se refieren a: la situación económica del país, la
disponibilidad de fuentes de trabajo adecuadamente remuneradas, de acceso a la
salud y educación, la seguridad pública, la calidad y oportunidad de la
procuración y la administración de justicia, etc.
Sobre el tema en comento, la autora, Carolina Espinosa[4], comenta que la violencia no puede explicarse a partir de uno solo de sus factores causales como la pobreza, la desigualdad o la exclusión de valores; a lo que puede agregarse que: tampoco puede o debe abordarse desde la óptica o para el beneficio de solo una de las disciplinas implicadas, sino más bien, a partir de la colaboración de todas ellas con vistas a un objetivo común.
En tal
contexto, en virtud del carácter multicausal o multifactorial de la violencia, los
efectos de ésta, ineludiblemente son también múltiples y, por lo tanto, la
solución, si no para erradicarla, lo cual se antoja verdaderamente difícil,
acaso imposible, sí al menos, para disminuirla significativamente, debe
abordarse también desde diversas ópticas, con un enfoque más que
multidisciplinario, transdisciplinario, colaborativo.
Esta
situación, desde luego, puede ser atribuida a una serie de causas, entre las
que están:
· El
hecho de que la gran mayoría de las políticas públicas, al pasar de la etapa de
diseño a la de implementación, sufren notorias distorsiones, lo que suele
llevar a que los resultados, estén muy lejos de lo esperado y, por lo tanto, los objetivos buscados se vean incumplidos.
· El
carácter parcial y aislado que por lo general tienen las acciones o medidas
realizadas para la concreción de las políticas públicas, en el caso del problema de la violencia, vemos que, por ejemplo, se emiten leyes; se crea alguna o
algunas instituciones u organizaciones, que no articulan su actuación entre sí; se aumenta el número de policías; se dota a estos de más y mejor equipamiento, etc.
Sin embargo, como apunté, de forma desarticulada del resto de acciones o
medidas en el tema, de tal modo que cada grupo o institución que aporta
algo, considera y pregona, que ha cumplido con lo que le toca hacer,
desentendiéndose de la integralidad del problema.
· Otra
causa de la precariedad y, en ciertos casos, la falta total de resultados es la
insuficiencia, real o pretextada, de recursos presupuestarios.
· Una
más, tiene su explicación en los actos de corrupción por parte de los
involucrados en la implementación de la política.
· También
juega su rol en esto, la falta de una adecuada planeación para la implementación de la política.
· Otra de las causas del fracaso de diversas políticas públicas radica en la
oposición y obstaculización de la implementación por parte de los grupos o
sectores sociales que se sienten afectados con su puesta en operación.
Alternativas
o modelos para combatir el problema de la violencia
Históricamente,
se han ensayado diversas formas, directas e indirectas, generales y
específicas, de mitigar la violencia que desde antiguo han padecido
prácticamente las sociedades de todas las épocas de la evolución humana y de
todas las latitudes del mundo y, con ello, tratar de disminuir sus perniciosos
efectos en los más preciados bienes y derechos del ser humano, como la vida, la
integridad física, la seguridad física o material, la propiedad, etc.
Una de
dichas maneras de enfrentar el fenómeno en comento y sus efectos sociales e individuales,
tiene su base en la formación o creación de la llamada sociedad política,
en la cual los individuos se organizan con vistas a obtener una serie de
beneficios o ventajas que, de forma aislada, es decir, por sí mismos, no
podrían lograr.
Al respecto, es pertinente remitirnos a las ideas de Thomas Hobbes, con su teoría sobre el Leviatán y el pacto o contrato social, si bien de carácter virtual, suscrito por los hombres, quienes de origen son naturalmente malos y rapaces, por lo que pretenden apoderarse de todos los bienes posibles, por cualquier medio y sin importar a quien pertenecieran o tuviera un derecho sobre ellos; sin embargo, del mismo modo que cada uno en que cada uno, en teoría, podría apoderarse de los bienes ajenos, a la vez también podría ser víctima del apoderamiento que otros quisieran y pudieran hacer de sus bienes; en este contexto, el contrato social implicaría la necesidad de renunciar a algunos de sus derechos naturales a cambio de obtener la protección y seguridad de sus bienes y sus vidas por parte de un soberano o autoridad.
Si bien es cierto que en la actualidad estamos lejos de un escenario como el descrito por Hobbes, también lo es que los niveles de violencia que nos aquejan impiden el libre y armónico desenvolvimiento de las actividades indispensables para el logro de los fines y objetivos tanto sociales como individuales.
Ante ello, vuelve necesario y conveniente modificar el enfoque existente caracterizado por el excesivo predominio de lo punitivo y la poca atención a lo preventivo de las conductas de violencia en todos los ámbitos de la vida social y privada de la población que ponga mayor énfasis al factor de la prevención con base en un método transdisciplinar de complementariedad que pugne por integrar los componentes o factores del problema en un todo, desde luego, en modo alguno se sugiere abandonar el ángulo punitivo del combate a la violencia, sino por el contrario, buscar su perfeccionamiento para que, en combinación con la prevención sea posible una mayor eficacia en la contención de fenómeno.
Respecto a la importancia de
esta forma para combatir la corrupción Adela Cortina[5]
señala que
“educar con calidad ante todo requiere formar ciudadanos
justos; es decir que cuenten con los valores morales una sociedad pluralista y
democrática indispensables para contribuir a lograr desarrollar en ellos los
mínimos de justicia que permitan construir entre todos una buena
sociedad”.
Sobre el mismo tema, en otra parte de su obra, la
autora en cita afirma que:
"Aunque el poder político sigue basando su legitimidad en la búsqueda del bien público, muchos de quienes ingresan a la actividad política buscan con frecuencia su bien privado, antes que el público a lo que, en teoría, están obligados. Ante la prevalencia de este estado de cosas, cambiar la sociedad hacia algo mejor exige trabajar también desde la sociedad civil para convertirla en protagonista esencial en dicha transformación y sobre todo en la de cada persona".[6].
Dado
que el problema de la violencia tiene naturaleza multicausal y compleja, sus
alternativas de solución deben tener ese mismo enfoque, por ello el método para
ello debe dejar de lado la disciplinariedad, y la multidisciplinariedad y
abordarse desde la transdisciplinariedad, de lo colaborativo e integral, de
otra forma, se seguirán obteniendo resultados, aunque útiles en cierta medida,
parciales y, el problema seguirá ahí, con los graves efectos negativos que
implica para la sociedad.
[1]
Visible en: https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/67411/a77102_spa.pdf?sequence=1 (consultada el
05/08/2023).
[2]
Nicolescu, Basarab, La transdisciplinariedad, Manifiesto, Ed. Du Rocher,
1994, p.35.
[3] Visible en: https://es.unesco.org/sites/default/files/folleto_1_la_violencia_como_fenomeno_social_-_web.pdf (consultada el 6/08/2023).
[4] Visible en: https://www.redalyc.org/journal/3050/305062908010/, Cinco premisas sobre la violencia (Consultada el 6/08/2023).
[6] Cortina, Adela, Idem., p. 132.
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